CARLOS II


"El estigma de una dinastía"

Débil y enfermo, el último Hasburgo español recibió el nombre de El hechizado por su aspecto y su incapacidad para engendrar un heredero.

Un hechizo llamado enfermedad

  • Desde su nacimiento, el príncipe presento síntomas evidentes de debilidad física y retraso intelectual, taras que podrían achacarse a la degeneración consanguínea de su estirpe. Los relatos de los que lo vieron durante sus primeros días coinciden en señalar su desagradable aspecto y sus múltiples malformaciones: el niño tenía grandes flemones en las mejillas provocados por un herpes, y la cabeza cubierta de costras.
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  • A los tres años, los huesos del cráneo aún no se habían cerrado, lo que daba un aspecto demasiado grande a su cabeza; no era capaz de sostenerse en pie y mucho menos de andar. Tampoco sabía hablar y de su boca apenas salían sonidos guturales y espantosos gritos, que sobrecogían a los encargados de su cuidado. A causa de su frágil salud y su débil constitución el heredero creció en un ambiente de sobreprotección, lo que solo sirvió para agravar su estado. La falta de ejercicio al aire libre y una deficiente alimentación retrasaron aún más su desarrollo intelectual y físico.

  • A los seis años, Carlos II apenas podía gatear y, para mantenerlo en pie durante las recepciones oficiales se diseñó un corsé especial que las meninas encargadas de su cuidado sujetaban con cordones; un artilugio parecido a los hilos de las marionetas, del que dependió hasta que empezó a dar sus primeros pasos. A punto de cumplir su primera década, el prognatismo de la mandíbula le deformaba la expresión del rostro y el joven monarca sólo era capaz de pronunciar un puñado de palabras inteligibles; tampoco sabía leer ni escribir.


A pesar de todos estos problemas tanto físicos con mentales se casó hasta dos veces. ¿Por amor? Por supuesto que no. Dos mujeres de la realeza europea se vieron obligadas a casarse con el monarca y engendrar un heredero para continuar la dinastía.


La primera

La primera elegida fue María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV. El ocaso del Imperio Español parecía imparable y el matrimonio del rey se convirtió en una cuestión de Estado, que no podía demorarse si se quería garantizar la continuidad dinástica. 


Celebrado el enlace, pronto se puso en evidencia la impotencia sexual del rey. Afectado posiblemente por el síndrome de Klinefelter, enfermedad que atrofia los testículos y provoca la ausencia de espermatozoides, no podía consumar sus relaciones. Por toda la corte se extendió el rumor de que Carlos II nunca podría engendrar un heredero.

Pero aquella era una sociedad profundamente machista y como no podía ser de otra manera en vez de aceptar la verdadera causa del problema se culpó a la mujer y la pobre esposa tuvo que ser sometida a todo tipo de tratamientos de fertilidad que en muchos casos parecían sacados de tratados de hechicería.

El 12 de febrero de 1689, María Luisa de Orleans fallecía víctima de una peritonitis, infección de estómago, debido seguramente a los múltiples experimentos que tuvo que sufrir a causa de la esterilidad de su marido.


La perdiz

Mariana de Neoburgo, elegida por la alta tasa de natalidad de su familia, se convirtió en la segunda esposa del rey. 
Enseguida a nueva reina consorte se mostró como una mujer astuta y manipuladora, dispuesta a sacar provecho de la debilidad de Carlos II. Fue una mujer autoritaria que terminó convirtiendo al monarca en un títere. 

En ello jugó un importante papel la baronesa de Berlips, su camarera y confidente. Conocida con el sobrenombre de La Perdiz, ayudó a su señora a fingir hasta once embarazos, supuestamente interrumpidos tras ingerir brebajes que provocaban fuertes cólicos, lo que servía para simular abortos 

La Perdiz se valió de su influencia sobre la reina para dirigir una red de venta de cargos públicos y para expoliar el patrimonio regio: además de cuadros de la talla de El Greco o Velázquez, la baronesa y sus secuaces robaron esculturas, vajillas de plata, porcelanas, ricas armaduras y un largo etcétera de objetos artísticos. 


Estos tesoros fueron enviados a Alemania como si fuesen regalos de Carlos II. Muchos de ellos forman parte hoy de las colecciones de museos centroeuropeos.


El diablo en el cuerpo

La falta de descendencia en su segundo matrimonio desató los rumores sobre una supuesta maldición que afectaba al monarca. El proceso que se abrió sirvió de instrumento a las facciones en lucha por el poder, al mismo tiempo que curanderos y exorcistas se enriquecían a costa del hechizo.
Sometido a purgas, sangrías y dietas para expulsar el demonio, la débil salud de Carlos II se resintió: consumido por la enfermedad, permanecía prostrado en su cama, atormentado por alucinaciones que lo reafirmaban en su condición de hechizado. 

El 1 de noviembre de 1700 fallecía sin descendencia el último de los Austrias españoles, poniendo fin a dos siglos de luces y sombras.





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